A peor

22/Oct/2015

La Vanguardia, España, Pilar Rahola

A peor

Quienes se acercan al conflicto sin
apriorismos (cosa difícil en este tema) plantean la gran pregunta: ¿existe una
opción de paz real en el conflicto árabo-israelí, más allá de los simulacros
conocidos? Mi respuesta es desgraciadamente pesimista: ni se percibe, ni lo
creo. Y los últimos acontecimientos trágicos, con una oleada de apuñalamientos
de ciudadanos judíos, algunos niños, y muchos de ellos perpetrados por
palestinos adolescentes, vislumbran una situación explosiva. Ayer mismo, en un
nuevo día de la ira, centenares de jóvenes incendiaron la tumba del profeta
José en Nablús, a los pies del monte Gerizim, y es posible que, para cuando
salga este ­artículo, las noticias sean más alarmantes.
Ante este grave aumento de la violencia, con
resultado de decenas de muertos, cabe preguntarse si estamos ante la tercera
intifada, y la respuesta es prematura. Pero lo cierto es que no parece que este
estallido de violencia indiscriminada, que convierte en víctima a cualquier
ciudadano judío que pase por la calle, acabe mañana. De momento, lo que está
claro es que presenta características singulares: la baja edad de los
agresores, algunos preadolescentes y muchos con ciudadanía israelí, y el
carácter espontáneo de las agresiones, como si se tratara de una oleada de
imitadores de los lobos solitarios del Estado Islámico. Por supuesto,
organizaciones como Hamas se han apuntado con entusiasmo a jalear esta oleada
violenta, e incluso el presidente Abas ha alimentado las mentiras sobre
presuntos planes israelíes en la explanada de las Mezquitas. Como siempre, todo
tan irresponsable como parece.
Pero más allá de la iniquidad de los líderes
palestinos que deberían aplacar la violencia en lugar de animarla, existen
motivos intrínsecos para que la violencia espontánea crezca. El primero, la
falta de expectativas de los jóvenes palestinos, educados en un ambiente de
odio hacia Israel, pero faltos de cualquier esperanza de cambio en el futuro
reciente. Lejos de preparar a a las nuevas generaciones para la paz, las
organizaciones palestinas los preparan para el conflicto eterno, alejan
cualquier posibilidad de salida razonable y mantienen el mito de que Israel
puede desaparecer. Esa tensión violenta endémica, paralela a la negación
permanente de cualquier negociación viable, crea una gran frustración que,
fácilmente, deriva en violencia. Además, las victorias del Estado Islámico en
la región son una escuela de imitadores, fascinados por la imagen exitosa de
sus métodos. Sumada la cultura del odio en que se han educado, la frustración
por el presente y la falta de expectativas de futuro, el cóctel violento está
servido.
Puede que no haya empezado la tercera
intifada, pero se ha iniciado una carrera de violencia arbitraria que dejará un
reguero de sangre. Y lejos de actuar como bomberos, los líderes palestinos son
auténticos pirómanos.